Elpidio Herrera

Atamisqui cargado de misterios y de magias

El padre de la Sacha guitarra habla de su hogar, de su casa, de su patio, de su pueblo. Conversamos con el artista que eligió a su lugar de origen como centro vital para ser universal.

Me sentí como Juan Preciado llegando a Comala. Había pasado el mediodía y el calor nos recibió denso y grave; de no ser por Elpidio y su hospitalidad, la magia de Atamisqui no se hubiera revelado en apenas unas pocas horas. "Atamisqui es mi hogar, es mi casa. No hay otra cosa. El pueblo es mi patio; los vecinos son mi familia. En el pueblo nos saludamos como si estuviéramos en un patio grande; esto me lleva a afirmar con un sentido total de pertenencia que Atamisqui es mi casa", dice Elpidio Herrera padre de la Sacha Guitarra y emblema viviente de esta región de la provincia.
Una y otra vez asegurará que el lugar donde están aferradas sus raíces, "es su casa con muchas piezas y no hablo sólo del pueblo al que amo entrañablemente, sino también me refiero al departamento y porque no también un poco más allá hasta Salavina".
De lo simple y de lo singular a lo universal, con Elpidio es posible abarcar los insondables secretos a partir de lo cotidiano, de las cosas sencillas de la vida. Así su pueblo es una (su) casa donde habitan múltiples historias, "que merecen ser contadas, si de pronto viajas para el pasado".
Más allá del paso del tiempo, Elpidio se ve asimismo como ese árbol plantado en ese terreno salitroso y arenoso de siempre, "al que sentimos nuestro hogar; por algo no salí de donde nací, donde me crié; si es cierto que viajo, pero siempre vuelvo".
Reconoce sin embargo que muchos se fueron y que por esas cosas de la nostalgia, incluso hicieron su propio Santiago en el lugar donde se arraigaron después. "Este Santiago hecho desde la añoranza es muy íntimo", asegura.
Sin embargo contra esta realidad inexorable que despobló la provincia durante años, hoy el proceso se revierte. "Hace 20 años mi casa era una de las últimas del pueblo, después venia el monte y ahora estoy como en el centro rodeado de barrios. Cuando las puertas se comienzan a cerrarse en Buenos Aires, la gente comienza a volver por necesidad y porque no también por nostalgia", apuntó durante la charla.
Afuera el verano anticipado brilla en todo el esplendor de la siesta. Vine hasta el interior santiagueño buscando al artista que revelara su tierra, los secretos de su aldea, la belleza de su lugar en el mundo. Y no equivoque el camino, aquí estaba frente a Elpidio que eligió a su lugar de origen como centro vital para ser universal.
Apenas entramos a su hogar nos sorprende entre la mampostería y los cerámicos la rusticidad de una construcción más antigua que se ampara bajo la loza que sostiene un primer piso donde está alojado el museo de la "Sacha". Es la casa paterna, original, cargada de años. Con esmerado cuidado horcones y tirantes de madera fueron cubiertos por pacientes capas de pintura y cemento; el viejo techo de tierra sigue allí intacto, conservado por amor a la heredad.
Una casa dentro de otra; viejas historias conviviendo con las nuevas; el origen con su impronta que nos hablan en ese fresco silencio que sólo pueden atesorar unas viejas paredes de barro.
De igual manera otras reminiscencias de tiempos idos nos asaltan en el trazado de la ciudad. "Para mi fue un lujo guardar este pasado mió. Quizás otras personas conserven sus viejas casas por necesidad. A mi no me sobra, o quizás lo que me sobra es el amor por estas cosas y por eso puedo llegar a sacrificar lo último que tengo, para resguardar lo aquello que aprecio", sentenció.
Así como la cocina es el lugar preferido de su casa, "porque allí se reúna la familia y además se conserva la parte mágica de lo cotidiano". Así también el pueblo tiene sus lugares especiales y sus días más propicios para el encuentro de los vecinos. Para Elpidio, desde el punto de vista espiritual, las fiestas religiosas reservan un momento especial para una mejor comunicación entre las personas. "En Semana Santa, en la mirada de la gente se advierte el respeto por el prójimo", remarcó.
Sin embargo reconocerá que con el paso del tiempo no pocas costumbres se van perdiendo. "Yo me aferro a mi historia y ahí me quedo", dice.
Sin dejar margen para dudas elegirá al templo de la Inmaculada Concepción como lugar característico de su terruño, por sobre cualquier otro. Y en ese marco místico reconocerá además que hay espacio para otras festividades más prosaicas como el carnaval en febrero.
Cuando habla sobre la importancia de la música en su comunidad, asegura que a la gente no sólo gusta de escuchar sino también de hacer música. "La música es un poco el aire que la gente respira por el corazón. También está los sonidos de la naturaleza; en eso somos unos privilegiados tenemos el canto de los pájaros, los suaves ruidos nocturnos que no se sabe bien que son y que llevan incluso a la fantasía de lo diabólico", apuntó.

Espiritualidad
Atamisqui guarda a un mismo tiempo momentos especiales como las fiestas religiosas y lugares importantes como el templo en honor la Virgen, en contraste con los festejos paganos del carnaval. Así también hay otros contrastes como el canto de las aves a plena luz del día con los ruidos de la noche, que por esa ausencia de luz convocan más que a una mística a un cierto misterio. Se mezcla de esa manera una impronta religioso espiritual, con aspectos no menos espirituales pero desde luego para nada religiosos. "Sin lugar dudas así somos los humanos. Cada cosa en su momento; un tiempo para la reflexión y otro para el jolgorio", apuntó.
Sobre la noche dirá que cuando llega el momento de aplacar el cansancio, también se genera un espacio para el miedo. De alguna manera llegamos a un punto de la charla donde la noche, los miedos y la lengua se unieron. Elpidio apunta que la historia de su pueblo, sus comienzos fueron relatados en quichua. "Su pudieras conocer el habla comprenderías la profundidad de este relato en su lengua ancestral, que obviamente se pierde cuando se traduce", señaló.
Aquellas historias que metían miedo relatas en quichua, pierden su atmósfera cuando no se evocan en esta lengua. Para Elpidio no es lo mismo recordar leyendas como las del uturungo micuco o de la yacun maman, que hablar del tigre que comía hombres o de la madre del agua. "El quichuistas relataba esta historias con tanta solemnidad que era como el sacerdote revelando una verdad", asegura.
Lamentablemente estas historias se fueron perdiendo. "Por mi parte me he dedicado a recordar quizás por mi profesión. Pocas veces he salido a preguntar, siempre me manejé con los recuerdos que se maceraban en esas sobremesas largas donde los relatos se repetían, como si se leyera un mismo libro una y otra vez", destacó.
Con la perdida de estas historias queda claro se pierden raíces y la memoria, para Elpidio también se pierde energía; "un cierto tipo de energía que no se si se basa en la memoria o en la misma conformación de la vida humana; es indudable que perdemos con ellas la capacidad de valorar lo que podría ser tu origen o la causa de tu crecimiento, todo esto se debilita por esa fuga de energía que no se bien cuál es".
Para afianzar esa postura destacó también que la gente en el pasado tenía más afinidad con los muertos; "no se si los difuntos no se querían ir o bien la gente no los dejaba partir, pero muchos daban su testimonio sobre una cierta comunicación; no se si esto era fantasía o realidad, pero he llegado a escuchar ciertos ruidos incluso en la iglesia junto al cura".
Para el final repasamos junto a Elpidio los años de su infancia, como una manera de rescatar un Atamisqui pretérito. "No me entusiasmaba con los juegos habituales de todo niño. Mi vida interior era muy activa. El taller de orfebrería de mi padre era el lugar ideal para dar rienda suelta a mis fantasías. Nunca jugué a las bolitas ni a la payana", recordó.
Agregó: "Mi hermano salía con su honda a matar pájaros. Mientras que yo abría sus trampas para que escaparan las aves; prefería hablar con los pájaros antes que atraparlos. Añoro esto con infinita ternura, más allá de que no jugaba mucho con los demás niños, añoro aquello que era mío".
Sentenciará que fue un niño solitario entonces, para entregar hoy su vida a la gente que lo aprecia y respeta.
Llega el final de la tarde y los mates a la sobra de un algarrobo van templando la charla. Ahora puedo ver con claridad, no es Comala. Dentro de lo que son los márgenes de la memoria Elpidio Herrera rescata un Atamisqui cargado de misterios y de cierta magia, pero no exento de espiritualidad y devoción cristiana. También un pueblo donde la música es central, casi hasta convertirse en el aire que la gente respira. "Mi pueblo tiene todo esto, aunque la timidez está siempre presente en nuestra gente. La cuestión es observar en silencio para poder apreciar todas esta bondades".

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